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Puede asegurarse, sin temor a exagerar, que el movimiento zapatista nació también de la música y el baile. A finales de noviembre de 1996, cuando la paz parecÃa estar más cerca que nunca y los zapatistas con mando y pasamontañas podÃan llegar a San Cristóbal de las Casas sin peligro y convivir algunas noches con los jóvenes que se hacÃan cargo de cuidar su sueño, el comandante Zebedeo contó la historia de cómo, cuando estaban enmontañados y las bases de apoyo les llevaban el arroz y los totopos, aprendÃan a organizar bailando; cómo cada uno tenÃa que encargarse de sacar a uno más a danzar y aprender con él o con ella los pasos, porque si no, se tropezaban, y ya que le habÃan hallado el modo se separaban para meter a alguien más al baile. Explicó cómo la lucha era justo como el baile, donde no habÃa que parar de moverse, donde habÃa que encontrar el ritmo, donde no habÃa que perder el paso, donde habÃa que ser cada vez más. Y al terminar de decir su palabra pidió música, y con los primeros compases de la guitarra escogió a su pareja y se dispuso a poner en práctica su decir. La fiesta dio entonces inicio.Digamos que eso de la música y la fiesta se dan mucho por aquellas tierras del sureste mexicano. La primera vez que Cuauhtémoc Cárdenas llegó por Guadalupe Tepeyac, rápido lo sacaron a bailar y hasta alternó una pieza con doña Rosario Ibarra. Al salir la comandanta Ramona rumbo a la ciudad de México, la comunidad de San José del RÃo la detuvo con melodÃas y danzas para darle la despedida. Cuando los mil 111 regresaron a dar cuentas de las vicisitudes de su marcha sobre la ciudad de México, La Realidad era pura pachanga. La marimba no falta cuando se necesita, y eso que se necesita a cada rato. Bailan de dÃa y de noche, con secas y con lluvias. Tan importante es que en sus relatos fundacionales se habla de cómo dos de los primeros dioses sacaron como su primer acuerdo el hacer baile, y se tardaron en él porque estaban contentos de que se habÃan encontrado. Lo que la leyenda no dice es si también escuchaban una vez tras otra La del moño colorado, tal como lo hacen ahora las familias de aquellas tierras, pero lo que no está en duda es que desde entonces no han parado de bailar.